jueves, 27 de junio de 2013

SISSI



La emperatriz Isabel de Austria -Sissi- es una figura histórica de sobras conocida. Atacada por unos, alabada por otros, compadecida por algunos, quizá nadie -ni ella misma- supo qué se escondía en su alma, qué torturaba su corazón, qué quería, qué anhelaba. Su temperamento independiente, ajeno a las normas sociales, hizo temblar a la timorata Viena y palidecer a la propia reina Victoria, a Isabel II y el rey de Grecia. La vieja Europa no estaba preparada para entender a una mujer como Sissi. Nadie comprendió su camino sin fin, su lucha contra lo establecido. Nadie supo ver la profunda tristeza, la vulnerabilidad que se escondían detrás de esta mujer hermosa, que encandiló al mismísimo emperador Francisco José I de Austria.

Sissi nació el 24 de diciembre de 1837 en Munich, hija de Ludovica y de Maximiliano en Baviera, un matrimonio de conveniencia que nunca fue un matrimonio bien avenido. Max engañaba continuamente a su mujer, es más, solía almorzar con sus hijos ilegítimos. No obstante, el matrimonio tuvo ocho hijos. Sissi no estaba destinada a ningún alto cargo y vivió una vida sencilla, en la naturaleza, atendida y educada directamente por su madre, a quien quiso mucho y a quien habría de añorar en Viena.

Sissi no tenía que ser la esposa elegida por el emperador sino su hermana Elena, la hermosa Nené. Pero Francisco José se prendó de la hermana pequeña, vestida de manera campesina, peinada con trenzas; la hermana-niña que parecía más ingenua, más dulce. En 1853, en la ciudad de Ischl, Francisco José sacó a bailar a Sissí, en contra de lo previsto, de la que se había enamorado locamente. Como en un cuento de hadas, Cenicienta había sido la elegida para iniciar el baile en lugar de su hermana. Francisco José toda la vida sintió hacia su esposa acaso más amor del que ella sintió por él.

Sissi y Francisco José se casaron en 1854 cuando ella tenía dieciseis años y él veinticuatro. La pareja disfrutó de una maravillosa luna de miel en Italia, al regreso Francisco José se ocupó en cuerpo y alma de todos los quehaceres del Imperio desatendiendo las demandas de su joven esposa. Sissi llegó a afirmar en cierta ocasión: " Yo amo al emperador, pero preferiría que no fuera emperador ”. Francisco José vivía muy apegado a su madre la archiduquesa Sofía, hermana de la madre de Sissi, que era según decían el hombre de palacio. Sofía quiso moldear a la joven Sissi para que aceptase con profesionalidad su cargo de Emperatriz pero no lo consiguió y entre ellas se inició un desencuentro que habría de durar hasta la muerte de Sofía.

Y es que Sissi no fue una novia feliz, se cuenta que lloró como una malva y que no se consumó el matrimonio hasta pasados unos días. A Sissi la aguardaban en el Palacio Imperial, el Hofburg, un puñado de arpías dispuestas a criticarla, a observarla y a anularla si hacía falta. Una de sus damas era la implacable condesa Esterházy. Su marido la amó, dio pruebas de ello, pero siempre se sintió apegado a su papel de Emperador, muy conservador, con lo cual no sirvió de mucha ayuda a su esposa en la lucha contra las convenciones sociales y las hipocresías de palacio. Francisco José fue un emperador a la antigua, con un gran trabajo sobre sus espaldas, que no acertó a ver que el mapa europeo estaba cambiando y, con él, toda la concepción del Imperio.

Cuando un año después de su boda Sissi dio a luz a su primera hija Sofía, su suegra se hizo cargo de la pequeña considerando que la joven madre era incapaz de educar a su hija. La joven emperatriz luchó lo indecible por contravenir sus órdenes pero nada logró. Sólo le quedó el recurso de huir de la corte por primera vez y refugiarse en Possenhofen, donde las aguas mansas del lago y la compañía de su madre y hermanos fueron la única terapia posible para calmar su dolor. La historia volvió a repetirse un año después cuando nació su segunda hija Gisela y de nuevo su suegra organizó, controló y dispuso. Pero esta vez Sissi logró imponerse y, quince días después del nacimiento de la pequeña, las niñas fueron trasladadas a sus habitaciones del Hofburg. Sissi había triunfado pero sólo fue un triunfo aparente.

En una visita a Hungría en 1857, Sissi se empeñó en llevar consigo a sus hijas a pesar de la rotunda negativa de su suegra. Durante el viaje, las niñas enfermaron gravemente padeciendo altas fiebres y severos ataques de diarrea. Mientras que la pequeña Gisela se recuperaba rápidamente, su hermana Sofía no tuvo la misma suerte y pereció, seguramente deshidratada. Su muerte, que sumió a Isabel en una profunda depresión que marcaría su carácter para el resto de su vida, propició que le fuese denegado el derecho sobre la crianza del resto de sus hijos que quedaron a cargo de su suegra la archiduquesa Sofía.

Con la agitada y perniciosa vida de palacio la salud de Sissi comenzó a empeorar. Los más diversos síntomas la aquejaban y los doctores que la visitaban no encontraron una solución. La propia emperatriz, presa de los nervios, llevaba una vida cada vez más extraña haciendo curas de hambre, ejercicios físicos extenuantes y rechazó totalmente la sexualidad. Era una anorexia nerviosa que la iba hundiendo cada vez más, agobiada como estaba en aquel palacio imperial. En ese estado, Sissi decidió emprender su primera huida de Viena para marcharse a la isla de Madeira. Un viaje que fue objeto de muchos comentarios en las distintas cortes europeas, veían con malos ojos que la emperatriz viajara sin la compañía de Francisco José en un yate propiedad de la reina Victoria de Inglaterra.

Tras el nacimiento del príncipe Rodolfo, la relación entre Isabel y Francisco José comenzó a enfriarse. Isabel, por su parte, sólo pudo criar a su última hija María Valeria, a la que ella misma llamaba cariñosamente "mi hija húngara ", dado el gran aprecio que le tenía al país de Hungría, lugar donde habitualmente se refugiaba y en cuya cultura y costumbres se empeñó en educarla. Los grandes enemigos que Isabel hizo a lo largo de su vida la llamaban despectivamente "La niña húngara" y no precisamente por el amor que su madre profesaba por tal país, sino porque creían que la niña era fruto en realidad de algún escarceo sexual que Isabel habría mantenido con el conde húngaro Gyula Andrássy. No obstante, el gran parecido que Valeria guardaba con su padre, el emperador, se encargó de desmentir tales rumores.

Dotada de una gran belleza, Sissi se caracterizó por ser una persona rebelde, culta y demasiado avanzada para su tiempo. Fumaba cigarrillos, algo insólito para la época. Adoraba la equitación, llegando a participar en muchos torneos. Coleccionaba fotos de mujeres hermosas. Sentía un gran aprecio por los animales: amaba a sus perros, costumbre heredada de su madre, hasta el punto de pasear con ellos por los salones de palacio. Le gustaban los papagayos y los animales exóticos en general: incluso llegó a tener su propia pista circense en los jardines de su palacio en Corfú. Hablaba varios idiomas: el alemán, el inglés, el francés, el húngaro, propiciado por su interés e identificación con la causa húngara, y el griego, este último aprendido con ahínco para poder disfrutar de las obras clásicas en su idioma original. Practicó la natación, la esgrima, el senderismo y a los sesenta años, poco antes de morir, aprendió a montar en bicicleta. Convirtió la gimnasia en una actividad diaria que alargaba de manera compulsiva varias horas, algo que no era común para una dama de su época.

Los alimentos principales de Sissi eran carne de ternera, pollo, venado y perdiz; carne fría, sangre de buey cruda, tartas, helado y leche, prescindiendo de verduras y frutas, a excepción de naranjas. Sin embargo, era muy extraño que demostrara su apetito delante de cualquier persona. Los únicos que habían tenido la oportunidad de ver a la emperatriz sentada ante una mesa fueron sus hermanos, algún otro miembro de la familia de Baviera, su hija menor y su profesor de equitación, Middleton. Su bebida favorita era la leche, una de las pocas pasiones que llegó a compartir con su marido. En el palacio de verano de Schonbrunn mandó instalar un establo. Para no prescindir de leche fresca durante sus largos viajes, solía transportar vacas, cabras o corderos con ella.

Medía 1,72 cm, nunca sobrepasó los 50 kg y mantuvo 40 cm. de cintura. Tenía un pelo larguísimo que le ocasionó dolores de cabeza y de espalda. A partir de los treinta y cinco años no volvió a dejar que nadie la retratase o tomase una fotografía para ello adoptó la costumbre de llevar siempre un velo azul, una sombrilla y un gran abanico de cuero negro con el que cubría su cara cuando alguien se acercaba demasiado a ella. Siempre estuvo muy preocupada por los manicomios, quizá por la locura evidente de algunos miembros de la familia Wittelsbach. Ella misma temió por su cordura.

Dicen que cuando se comprometió con el emperador, la archiduquesa Sofía descubrió con horror que tenía dientes amarillos y eso fue el motivo de la primera crítica de la suegra hacia la futura esposa de Francisco José. Con el tiempo la emperatriz perdió progresivamente los dientes debido a su mal cuidado y falta de aseo. Por esa razón, evitó sonreír a boca abierta frente a la corte y al público en general por esa falta de dientes que la acomplejó durante sus últimos años. También, entre otras excentricidades, al final de su vida se hizo tatuar un ancla en el hombro, por el gran amor que sentía por el mar y las travesías y por sentirse sin patria propia como los eternos marineros que vagan por el mundo, y se hacía atar al mástil de su barco durante las tormentas.

Paseaba a diario durante ocho largas horas llegando a extenuar a varias de sus damas de compañía. Además adoraba viajar, nunca permaneciendo en el mismo lugar durante más de dos semanas. Disfrutó de la literatura en especial de las obras de William Shakespeare, de Friedrich Hegel y de su poeta predilecto, Heinrich Heine. Por último, detestaba el ridículo protocolo de la Corte Imperial de Viena de la que procuró permanecer alejada durante el mayor tiempo posible y a la que desarrolló una auténtica fobia que le provocaba trastornos psicosomáticos como cefaleas, náuseas y depresión nerviosa.

La emperatriz se mantuvo, siempre que pudo, alejada de la vida pública. Acaso tuvo un par de amores, el conde Andrássy y su profesor de equitación el inglés Bay Middleton, pero fueron más imágenes platónicas que amores consumados. La propia Sissi auspició las amantes de Francisco José, en las que encontraba el apoyo que ella no supo o quiso darle, la vida burguesa que él necesitaba. La primera fue Anna Nahowski y la segunda la actriz Catalina Schratt, a quien los cónyuges conocían cariñosamente como "la amiga" y cuya presencia en la corte levantó ampollas entre los sectores más religiosos y reaccionarios de Viena. Ella fue quién los presentó y se encargó de forjar la amistad entre su marido y la actriz. Aun así, la pareja se profesaba un gran amor y cariño mutuos.

Tras la muerte de su hijo, la emperatriz abandonó Viena y adoptó el negro como el único color para su vestimenta a la par que su fobia a ser retratada incrementaba. Con el tiempo se hizo extraño que la emperatriz visitase a su marido en Viena pero curiosamente, su correspondencia aumentó de frecuencia durante los últimos años y la relación entre los esposos se fue convirtiendo en platónica y cariñosa. Otros sucesos trágicos sacudieron a la emperatriz: su cuñado Maximiliano, quien emprendió la locura de ser Emperador en México y fue fusilado -el caso de su esposa Carlota, enloquecida, fue otro drama-, la muerte de su primo Luis II de Baviera, que falleció loco, por quien Sissi sentía una gran afinidad. La muerte de su hermana Sofía, duquesa de Alencon, abrasada en un incendio de Paris, cuando la emperatriz se enteró de lo sucedido vaticinó que ella moriría de forma violenta. La del archiduque Juan Orth, desaparecido en el mar, la de la archiduquesa Matilde, quemada viva.

Esta última etapa en la vida de la Emperatriz estuvo marcada más que nunca por los viajes. Compró un barco de vapor al que llamó Miramar, y en él recorrió el Mar Mediterráneo, siendo uno de sus lugares favoritos Cap Martin, en la Rivera Francesa, donde el turismo se había hecho constante a partir de la segunda mitad del siglo XIX. También pasaría algunas temporadas de verano en el Lago de Ginebra en Suiza, Bad Ischl en Austria, y en Corfú, donde construyó su palacio, el Achilleion, en honor a Aquiles, uno de sus héroes griegos preferidos. Visitó otros países como Portugal, Marruecos, Argelia, Malta, Grecia, Baviera, Irlanda, Turquía y Egipto. También visitó ciudades españolas como Palma de Mallorca, Alicante y Elche, donde bautizó una palmera de siete brazos.

El 10 de septiembre de 1898, mientras paseaba por el Lago Lemán de Ginebra con su dama de compañía la condesa Irma Sztaray, fue atacada por un anarquista italiano, Luigi Lucheni, que fingió tropezarse con ellas, aprovechando el desconcierto para deslizar un fino estilete en el corazón de la emperatriz. Al principio, Sissi no fue consciente de lo que había sucedido. Solamente al subir al barco que las estaba esperando comenzó a sentirse mal y a marearse. Cuando se desvaneció, su dama de compañía avisó al capitán del barco de la identidad de la dama y regresaron al puerto. Ella misma desabrochó el vestido de la emperatriz para que respirara mejor y, al hacerlo, vio una pequeña mancha de sangre sobre el pecho causada por el estilete que había provocado una mínima pérdida de sangre sobre el miocardio, suficiente para causar la muerte.

Luigi Lucheni estaba en realidad planeando un atentado contra el pretendiente al trono francés, un príncipe de la Casa de Orléans pero al leer en un periódico que la visita del príncipe francés había sido anulada y que la emperatriz se encontraba en la ciudad, decidió buscar en ella a la víctima perfecta para pasar a la posteridad. El cuerpo de Sissi fue trasladado a Viena entre el gran cortejo fúnebre que el protocolo dictaba siendo sepultada en la Cripta Imperial de la Iglesia de los Capuchinos, en vez de en su palacio de Corfú, el Achilleion, donde deseaba recibir sepultura realmente tal como indicó en su testamento.

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